¿SABEMOS O CREEMOS EN LO PERFECTO?

¿QUÉ ES LO PERFECTO? ¿De verdad existe?
Andamos buscando siempre las COSAS PERFECTAS PARA LA VIDA, y curiosamente ese punto de perfección acaba escapándose del alcance de nuestras posibilidades. Sin embargo, y paradójicamente, vemos o creemos ver la perfección en otros. Para los que tienen una religión la perfección es un estado inalcanzable que se le atribuye al dios que representa el pináculo de la existencia en bases a las creencias de esa religión. Para los que no pertenecen a una religión, el término de perfección se basa en logros que lo sitúan en lo más alto de una pirámide social (moda, negocio, arte, deporte, posesiones…). No obstante, ¿sabemos qué es la perfección? ¿o solo creemos en lo perfecto? ¿Hemos pensado detenidamente qué es perfecto y cómo eso influye en nuestra vida? Porque no necesitamos las cosas para que la vida NOS SEA PERFECTA, la vida es perfecta, la creación en sí es ya perfecta. Entonces… ¿qué queremos conseguir con lo “perfecto”? Y eso que queremos conseguir… ¿no se alcanza cambiando la forma de ver las cosas?

Primero veamos qué quiere decir el término “perfecto” según los académicos de la legua. Se define el término “PERFECTO” como: «Que tiene todas las cualidades requeridas o deseables. Que es muy adecuado para un determinado fin».

Si pensamos bien en la definición, ¿es así como entendemos lo perfecto en la vida?

Pese a las dos significaciones que podemos tomar de forma literal y concreta, trastocamos esa significación y empleamos de forma confusa el término «perfecto» en el día a día de nuestras vidas. Se vive con el ideal puesto en la «perfección», tener la vida perfecta, tener el trabajo perfecto, tener el coche perfecto, tener el móvil perfecto, tener el cuerpo perfecto, tener o estar con la novia/o perfecta/o… TODO LO QUE TENEMOS, SI YA ES ADECUADO PARA UN DETERMINADO FIN, ES PERFECTO. ¿El coche perfecto? El que te permite desplazarte con seguridad a dónde quieres ir. ¿El móvil perfecto? El que te permite estar comunicado en base a la tecnología del momento. ¿Novio/a perfecto? El/la que te hace crecer como persona y contribuye a tu bienestar. ¿El trabajo perfecto? El que permita desarrollar tus capacidades y sentirte realizado. Etc., etc.

Curiosamente la idea de perfección que tenemos es la que se nos inculca o se nos hace creer; anulando la verdad de lo que nos retribuye un sentimiento de bienestar (que sería lo perfecto, “lo adecuado para un determinado fin). Permanecemos en una búsqueda guiada hacia la perfección y en un encuentro continua con la frustración de no acabar esa búsqueda, haciendo que apartemos la mirada de lo que realmente necesita de nuestra atención para valorar si es o no perfecto.
Algo no es perfecto para TODO o para TODOS. Algo sólo puede ser perfecto para uno/a mismo/a. Lo perfecto no son las cualidades o características que un grupo de personas han establecido como «perfección» (eso es una tendencia o moda). Lo que para alguien puede ser perfecto, para otra persona no tiene por qué serlo. Si necesitas barrer una habitación, solicitas una herramienta y te dan un martillo, obviamente el martillo no es la herramienta perfecta por muy magnífico que te digan que es ese martillo. En cambio, el martillo sí es la herramienta perfecta para alguien que desea poner unos clavos para fijar unas tablas de madera. Por tanto, no tiene sentido los ideales de perfección que se presentan en sociedad como válidos para todos.

LO PERFECTO LO ES TODO Y NADA A LA VEZ. Puede que persigamos una idea falsa de perfección… la idea de perfección de «otros», y eso nos causa una sensación de frustración por no alcanzar ese ideal que, muy posiblemente, no sea perfecto para uno/a mismo/a. Incluso a veces, cuando se alcanza esa “perfección” no nos reporta nada (precisamente porque no es lo adecuando para uno/a).

La perfección se alcanza cuando con todo cuanto tienes y te rodea, sea como sea, se está bien, te sientes tranquilo/a, te sientes satisfecho/a, vives en paz… sea en un palacio o bajo un puente, cuando en medio de todo ello te sigues queriendo desde la sinceridad.
David Padial.

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