LA POSESIÓN EMOCIONAL – IMPULSIVIDAD

A veces soy una persona diferente. No me reconozco, no soy yo. ¿Por qué hago daño sin quererlo? Muchas veces hemos dicho esas afirmaciones a otros, intentando dar una justificación a lo que hemos hecho. SOMOS LO QUE SENTIMOS, y lo que sentimos lo proyectamos.

Momentos donde nos sentimos tranquilos y bien, en una conversación, y esa conversación se torna en una discusión. De pronto nos encontramos gritando, con una sensación de violencia que me impulsan a golpear al otro, y en ocasiones llegando a golpear. Cuando la situación se calma y tomamos conciencia del momento, nos decimos: “yo no soy así”. Y en algunos casos nos asustamos de lo que vemos. O situaciones en donde impulsivamente hemos actuado de una forma o dicho algo que luego nos hemos arrepentido y decimos: “lo he hecho sin pensar”.

Hablamos de que perdemos el control. Y ciertamente lo perdemos, pero no porque no pudiéramos contenernos, no porque no pudiéramos anular la emoción. Perdimos el control porque la emoción tomó posesión del cuerpo, de mis actos, de mis palabras.

Comenté en varias ocasiones, las emociones son energía (como todo lo existente), y como tal, cada una tiene su nivel de vibración y su característica. Por ejemplo: la energía de la alegría es liviana e intensa; la energía de la ira es desmesurada y densa; etc.
Cuando se da una situación donde, por el desarrollo del momento, voy sintiendo emociones que me despierta el momento que vivo y pierdo ese sentir de forma consciente, ahí es cuando pierdo “el control” emocional.

Tomamos el punto donde aún soy consciente de lo que voy sintiendo, viviendo ese momento o situación. Y llega ese nivel donde ya no soy consciente de lo que siento, sino que lo que siento, la emoción de dentro de mí, me posee. Me convierto en esa emoción. Y ahí dejo de pensar, dejo de ser consciente de lo que estoy sintiendo, dejo de poder decidir… porque es la emoción la que me hace actuar y decir en base a su característica. Dejo de ser yo, para ser lo que siento. Cuando la emoción me posee.

Pongamos un ejemplo. Suele pasar, conocemos a una persona tranquila y no violenta. Pero en una situación concreta la vemos hecha una energúmena, fuera sí, violenta y agresiva. Y no entendemos por qué si la conocemos como una persona tranquila y pacífica. ¿Qué ha ocurrido? ¿Nos ha estado engañando esa persona? ¿En realidad es una persona violenta y agresiva y ha ocultado su verdadero ser? Nos apresuramos mucho a juzgar ese comportamiento, posiblemente porque nos hace sentirnos mejor el ver que “el otro es peor que yo”, o tomarlo como excusa para darme reconocimiento frente al otro.
Ninguna de esas preguntas son adecuadas. Nos quedamos con el hecho, pero no con el momento. Sacamos las cosas de contexto. Claro que una persona pacífica y tranquila puede protagonizar escenas de violencia y agresividad, pero veamos qué y cuándo.

Digamos que esta persona pacífica se llama Luis. Luis conversa tranquilamente con otra persona, llamada José. Ambos comienzan una conversación exponiendo sus puntos de vista, pero en el desarrollo de la misma, debido a los puntos de vistas de cada uno, no llegan a entenderse. No solo no se entienden, sino que Luis no entiende por qué José dice lo que dice; y, además, eso que dice le está haciendo daño. En este punto, Luis sabe que lo que está diciendo José le hace daño, y como persona pacífica mantiene la compostura tratando de hacerse entender dialogando. La discusión se alarga y el dolor que siente Luis por lo que va diciendo José se intensifica, se hace más grande, le va resultando insoportable… aquí llegamos al umbral de Luis para “controlar” el dolor que le está produciendo la situación (lo que me está diciendo José, que no entiende que me hace daño). Entonces, en ese momento el dolor posee a Luis, y Luis deja de ser Luis (Luis pacífico) y pasa a ser dolor en estado vibracional puro (Luis violento y agresivo). Luis comienza a decir cosas, que no piensa, para hacerle sentir dolor a José, es la única forma que tiene Luis para comunicar en ese momento que siente dolor a José. Lo hace sin medida, sin “control”, lo proyecta tal cual siente. Y ante esa energía grande e intensa, José no permanece indiferente; hace eco ese dolor de Luis que manifiesta con sus actos sobre José y la emoción acaba poseyendo también a José. Es aquí donde se pierden los papeles y las dos personas se enfrascan en una pelea donde lo que manifiesta el uno sobre el otro es el dolor que sienten por la situación, por cómo se ha desarrollado la interacción y que ninguno supo entender al otro en su momento. Ahí nos convertimos en lo que sentimos, y al ser dolor es lo que proyectamos al otro. Comunicamos de esa forma que sentimos dolor.

Cuando sentimos una emoción de forma muy intensa, negativa o positiva, y perdemos la conciencia de ello, nos «ahogamos» en ese sentir, y ese sentir es el que proyectamos sobre el otro. ¿Cuántas veces nos ha sucedido algo y de la misma emoción, de la misma alegría tan grande, le hemos dado un beso o un abrazo a alguien que de manera consciente no lo habríamos hecho, o no en ese momento? Lo llamamos impulsividad. Es como definimos al estado de posesión del cuerpo que hace una emoción. Cuando se etiqueta a una persona de impulsiva es porque es poseída con frecuencia, dicho de otro modo, su umbral de consciencia sobre lo que siente es bajo. Esto no es malo, esto no quiere decir nada. Esto solo dice que la persona es así, y así a de aprender lo que deba aprender para ser libre.

Nuestros actos reflejan lo que sentimos de forma cotidiana. Luego está el poder ser consciente de ello y no dejarse poseer por esas emociones, y sentirlas y vivirlas para experimentar, para conocerse. Somos quienes vivimos las emociones, no que las emociones nos vivan a nosotros. Si tenemos conciencia, es para concienciarnos de lo que vivimos. Vivimos sintiendo cosas, y eso no se puede cambiar, no se va a cambiar lo que se siente; se puede cambiar la forma de vivirlo, se cambia la posición de poseído a observador.  

Por esto, hay que tomar conciencia de que somos los que sentimos. Que las emociones pueden poseernos y tomar acción con nuestro cuerpo sin nosotros querer. QUE LAS EMOCIONES ESTÁN PARA SER SENTIDAS, y eso lleva a que aprendamos a tomar una posición de observador, pero no de poseído. Y esto es controlar las emociones, saber no dejarte poseer por ellas.

David Padial Zamorano

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3 comentarios sobre “LA POSESIÓN EMOCIONAL – IMPULSIVIDAD”

    • Hola Nora. Gracias por tus palabras. Te animo a que nunca dejes de hacerlo, por más que te frustres o decaigas. Conocerse es un camino enriquecedor que te muestra el potencial que tienes y saber vivir bien. Saludos.

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