¿CUÁNDO SE DA EL CAMBIO?

Cuando abandonamos el rol que ASUMIMOS para vivir la película de nuestra vida. Vamos dejando unos y tomamos otros, hasta despojarnos de todos.
Las vivencias, la educación, la creencia, la idea que tengo de mí… hacen crear un rol de vida. El protector, el quejica, el optimista, el chistoso, el samaritano, el victimista, el sumiso, el salvador, el controlador, el pesimista, el temeroso, el líder, etc. Adoptamos roles y asumimos su función para vivir, para dar sentido a mi existencia. Sin embargo, el único que necesita tener una definición para existir es el propio ego.

El hecho de asumir roles nos da la maravillosa posición de poder experimentar la vida desde distintas perspectivas, nos abre un camino de aprendizaje y conocimiento para ver la vida. Es como si aprendiéramos a conocer qué es una manzana usando los ojos propios, y los de mi madre, y los de mi hermano, y los de mi compañera de trabajo, y los de mi pareja, y los de un extranjero, etc.

Podemos ver cómo dentro de la sociedad, cada persona asume que tiene una característica que la destaca por encima de todas las demás que tiene, y ésta es la que se atribuye, y en otras muchas ocasiones le atribuyen… buscando el sentido de su presencia en el lugar que está. Aunque sea televisivo y nada más lejos de la realidad, voy a tomar el ejemplo de una serie de televisión que puede representar muy bien esto: The Big Bang Theory.
Un grupo de amigos donde cada cual tiene muy marcadas ciertos rasgos o características, cada cual con su rol de vida que cuando les asalta un problema o situación, que afecta al grupo entero, cada uno lo vive e interpreta acorde con sus rasgos (acorde con su rol de vida), siendo la misma situación para todos pero vista de distintas perspectivas (distintos ojos).

La vida es la misma para todos, pero asumimos distintos roles de vida para experimentarla. Esto es maravilloso si tomamos conciencia de ello y no caemos en creer que somos “eso”, porque “eso” será el ego.

Por eso, una persona puede ser un ángel o un demonio. Y esa es la realidad. Uno decide su rol, siendo cosa del ego el creerte ese papel. Por encima de ello no tenemos ningún rol establecido o determinado; solo se experimenta la vida a través de esos “papeles” que te hacen conocer más lo que es la existencia. Somos, más allá de todo, sin definición, y por eso podemos ser todo (cualquier cosa) en cualquier momento. Es elegir lo que se crea mejor o se sienta mejor para ser en la ocasión presente, sin olvidar que son unas “gafas” por las que vemos dicha situación y cuando queramos podemos cambiar de “gafas”.

Igual que cuando quieres identificarte con los vestidos que te pones, y te pruebas uno y otro y otro y otro… unos te gustan para una ocasión, otros, para otra. Algunos no te gustan como te quedan y ELIGES otro… hasta que sientes creer que ese vestido es el tuyo, el que te identifica acorde con tu personalidad. Y te das cuenta que tú no eres el vestido que te pones o te ponen o te hacen poner.
Tú eres tú, sin vestidos. Físicamente, ¿habéis experimentado la sensación de estar un tiempo desnudo? En casa, en playas nudistas, en la casa del campo… ¿no es extraña esa sensación de libertad y descanso? Porque día a día acabamos identificando nuestro físico con la tendencia o moda del momento o con el estilo propio que no deja de ser algo ajeno a mi cuerpo; y cuando el cuerpo se despoja de ello, se siente libertad.

Hemos estado siendo educados a relacionarnos a través de “vestidos” o «máscaras», y cuando nos los quitamos todo sentimos esa pequeña sensación de libertad y descanso, pero a la vez de vulnerabilidad y desprotección, porque estamos acostumbrados a identificarnos y relacionarnos con la idea o el rol que asumimos y no con el ser que somos.

Así es con el cambio. Los roles que asumimos para definirnos, vivir y dar sentido a nuestra existencia. Cuando abandonamos esa necesidad de dar sentido y definición podremos ver el TODO que somos; cuando vamos dejando esos roles (uno tras otro) va SURGIENDO EL CAMBIO. Y entender que puedo ser cualquier forma en cualquier momento, solo es una elección o decisión para ese momento.

David Padial Z.

El MITO DEL SUFRIMIENTO

  • CHARLA-TALLER que tendrá lugar en MÁLAGA capital.
    La charla estará enfocada a identificar y conocer la raíz del sufrimiento y las cargas que, de forma inconsciente, mantenemos constantemente, haciendo que el sufrimiento se alargue indefinidamente y nos produzca un sin vivir. La parte del taller consistirá en aprender determinadas técnicas, en sencillos pasos, que nos permitirán liberar ese sufrimiento, disminuirlo y deshacernos de él; y cómo aplicarlas a las distintas áreas de nuestra vida, y enfrentar y resolver las situaciones de sufrimiento venideras que podamos tener. Se aconseja llevar útiles de escritura (papel y bolígrafo).
  • Fecha: día 14 de Noviembre de 2019 (jueves) de 19:00 a 21:00 horas. 
  • Las PLAZAS son LIMITADAS por lo que se solicita CONFIRMACIÓN DE ASISTENCIA.
    La confirmación de las asistencia háganla
    por wasap 645 142 141  o
    a través de mis redes sociales instagram o facebook por mensaje privado
    que pueden acceder directamente desde la web  o
    por email: conocetuemocion@davidpadial.com 
  • Dirección: C/Victor Hugo, nº 5   –Puerto de la TorreEn el centro CEPER (entrada por una puerta lateral).
  • Aportación: 10 euros
  • Para más información contacten
    -por wasap 645 142 141 o
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LA POSESIÓN EMOCIONAL – IMPULSIVIDAD

A veces soy una persona diferente. No me reconozco, no soy yo. ¿Por qué hago daño sin quererlo? Muchas veces hemos dicho esas afirmaciones a otros, intentando dar una justificación a lo que hemos hecho. SOMOS LO QUE SENTIMOS, y lo que sentimos lo proyectamos.

Momentos donde nos sentimos tranquilos y bien, en una conversación, y esa conversación se torna en una discusión. De pronto nos encontramos gritando, con una sensación de violencia que me impulsan a golpear al otro, y en ocasiones llegando a golpear. Cuando la situación se calma y tomamos conciencia del momento, nos decimos: “yo no soy así”. Y en algunos casos nos asustamos de lo que vemos. O situaciones en donde impulsivamente hemos actuado de una forma o dicho algo que luego nos hemos arrepentido y decimos: “lo he hecho sin pensar”.

Hablamos de que perdemos el control. Y ciertamente lo perdemos, pero no porque no pudiéramos contenernos, no porque no pudiéramos anular la emoción. Perdimos el control porque la emoción tomó posesión del cuerpo, de mis actos, de mis palabras.

Comenté en varias ocasiones, las emociones son energía (como todo lo existente), y como tal, cada una tiene su nivel de vibración y su característica. Por ejemplo: la energía de la alegría es liviana e intensa; la energía de la ira es desmesurada y densa; etc.
Cuando se da una situación donde, por el desarrollo del momento, voy sintiendo emociones que me despierta el momento que vivo y pierdo ese sentir de forma consciente, ahí es cuando pierdo “el control” emocional.

Tomamos el punto donde aún soy consciente de lo que voy sintiendo, viviendo ese momento o situación. Y llega ese nivel donde ya no soy consciente de lo que siento, sino que lo que siento, la emoción de dentro de mí, me posee. Me convierto en esa emoción. Y ahí dejo de pensar, dejo de ser consciente de lo que estoy sintiendo, dejo de poder decidir… porque es la emoción la que me hace actuar y decir en base a su característica. Dejo de ser yo, para ser lo que siento. Cuando la emoción me posee.

Pongamos un ejemplo. Suele pasar, conocemos a una persona tranquila y no violenta. Pero en una situación concreta la vemos hecha una energúmena, fuera sí, violenta y agresiva. Y no entendemos por qué si la conocemos como una persona tranquila y pacífica. ¿Qué ha ocurrido? ¿Nos ha estado engañando esa persona? ¿En realidad es una persona violenta y agresiva y ha ocultado su verdadero ser? Nos apresuramos mucho a juzgar ese comportamiento, posiblemente porque nos hace sentirnos mejor el ver que “el otro es peor que yo”, o tomarlo como excusa para darme reconocimiento frente al otro.
Ninguna de esas preguntas son adecuadas. Nos quedamos con el hecho, pero no con el momento. Sacamos las cosas de contexto. Claro que una persona pacífica y tranquila puede protagonizar escenas de violencia y agresividad, pero veamos qué y cuándo.

Digamos que esta persona pacífica se llama Luis. Luis conversa tranquilamente con otra persona, llamada José. Ambos comienzan una conversación exponiendo sus puntos de vista, pero en el desarrollo de la misma, debido a los puntos de vistas de cada uno, no llegan a entenderse. No solo no se entienden, sino que Luis no entiende por qué José dice lo que dice; y, además, eso que dice le está haciendo daño. En este punto, Luis sabe que lo que está diciendo José le hace daño, y como persona pacífica mantiene la compostura tratando de hacerse entender dialogando. La discusión se alarga y el dolor que siente Luis por lo que va diciendo José se intensifica, se hace más grande, le va resultando insoportable… aquí llegamos al umbral de Luis para “controlar” el dolor que le está produciendo la situación (lo que me está diciendo José, que no entiende que me hace daño). Entonces, en ese momento el dolor posee a Luis, y Luis deja de ser Luis (Luis pacífico) y pasa a ser dolor en estado vibracional puro (Luis violento y agresivo). Luis comienza a decir cosas, que no piensa, para hacerle sentir dolor a José, es la única forma que tiene Luis para comunicar en ese momento que siente dolor a José. Lo hace sin medida, sin “control”, lo proyecta tal cual siente. Y ante esa energía grande e intensa, José no permanece indiferente; hace eco ese dolor de Luis que manifiesta con sus actos sobre José y la emoción acaba poseyendo también a José. Es aquí donde se pierden los papeles y las dos personas se enfrascan en una pelea donde lo que manifiesta el uno sobre el otro es el dolor que sienten por la situación, por cómo se ha desarrollado la interacción y que ninguno supo entender al otro en su momento. Ahí nos convertimos en lo que sentimos, y al ser dolor es lo que proyectamos al otro. Comunicamos de esa forma que sentimos dolor.

Cuando sentimos una emoción de forma muy intensa, negativa o positiva, y perdemos la conciencia de ello, nos «ahogamos» en ese sentir, y ese sentir es el que proyectamos sobre el otro. ¿Cuántas veces nos ha sucedido algo y de la misma emoción, de la misma alegría tan grande, le hemos dado un beso o un abrazo a alguien que de manera consciente no lo habríamos hecho, o no en ese momento? Lo llamamos impulsividad. Es como definimos al estado de posesión del cuerpo que hace una emoción. Cuando se etiqueta a una persona de impulsiva es porque es poseída con frecuencia, dicho de otro modo, su umbral de consciencia sobre lo que siente es bajo. Esto no es malo, esto no quiere decir nada. Esto solo dice que la persona es así, y así a de aprender lo que deba aprender para ser libre.

Nuestros actos reflejan lo que sentimos de forma cotidiana. Luego está el poder ser consciente de ello y no dejarse poseer por esas emociones, y sentirlas y vivirlas para experimentar, para conocerse. Somos quienes vivimos las emociones, no que las emociones nos vivan a nosotros. Si tenemos conciencia, es para concienciarnos de lo que vivimos. Vivimos sintiendo cosas, y eso no se puede cambiar, no se va a cambiar lo que se siente; se puede cambiar la forma de vivirlo, se cambia la posición de poseído a observador.  

Por esto, hay que tomar conciencia de que somos los que sentimos. Que las emociones pueden poseernos y tomar acción con nuestro cuerpo sin nosotros querer. QUE LAS EMOCIONES ESTÁN PARA SER SENTIDAS, y eso lleva a que aprendamos a tomar una posición de observador, pero no de poseído. Y esto es controlar las emociones, saber no dejarte poseer por ellas.

David Padial Zamorano

QUIERO LO QUE SIENTES

Somos muy envidiosos. Quiero lo que tú sientes, pero eso que tú sientes que YO VEO o que YO CREO que te hace sentir bien, que te hace sentir genial, que te hace sentir el “puto amo”. Y me da igual si eso lo sientes porque tienes un coche impresionante, mucho dinero, cierto tipo de ropa, viajar a determinados lugares, realizar determinados tipos de terapias o rituales, consumir ciertos tipos cosas, llevar puesto un accesorio… incluso si es “una caca pinchada en un palo”, que lo quiero.

Nos alimentamos de emociones, nos relacionamos con emociones, la experiencia se basa en las emociones… Cuando nos venden un coche y accedemos a comprarlo, no compramos el coche que necesitamos, compramos el que nos hace sentir mejor. Cuando deseamos adquirir algo, lo que sea, la mayoría de las veces lo adquirimos porque queremos sentir lo que esa persona siente o dice que siente cuando tiene ese artículo o adquiere ese artículo.

Pero lo quiero porque quiero sentir eso tan extraordinario. Es lo de menos el qué; y ahí está el punto. NO es lo material lo que deseo, sino la sensación de bien estar. No es eso material lo que me genera el bienestar, sino LA IDEA que tengo de lo que me hace sentir eso cuando YO LO POSEO, o TENGO o HAGO.

¿Qué se esconde tras desear lo que otros tienen o hacen? Es muy recurrente el pensar que lo del otro es mejor que lo mío cuando no nos gusta lo que tenemos, pero falta un factor más ahí. Pensamos que lo del otro es mejor que lo mío no solo cuando no me gusta lo mío, sino cuando también veo que el otro se siente muy bien con lo suyo y disfruta mucho. Todo el tema está en la envidia emocional, no envidiamos lo material que no tenemos, envidiamos las emociones de bien estar y disfrute que vemos en el otro. Que lo suyo sea mejor o peor es secundario.

Estamos siendo educados a sentir a través de las ideas, siento lo que se supone que se siente cuando llega determinada situación o poseo determinado artículo. Sentir a través de las ideas es “vivir” un mundo imaginario, es “vivir” en mi mundo imaginario que, aunque lo quiera ver equiparable a lo que me muestran, nunca será así. Y la frustración de la realización de esa idea es constante porque siempre queda en la idea, y nunca pasará a la experiencia porque son dos cosas distintas: la idea de, y la experiencia de. No puedo establecer una idea de algo cuando aún no sé qué es ese algo, no es sostenible. Si yo no conozco el amor, no puedo hacerme la idea de lo que es el amor y pretender sentir la idea de amor, porque no se corresponderán. La idea es ficticia, la experiencia es real.

Por tanto, no es el qué el que me hace sentir bien, sino yo mismo el que soy capaz de sentirme bien cambiando el enfoque. Y todo porque pensamos que no podemos sentirnos tan extraordinaria y maravillosamente bien como la otra persona si no tengo o hago lo que ella. ¿Por qué quiero poseer cosas? Porque quiero sentir lo que “me da” el tenerlo. Buscamos continuamente poseer o hacer o tomar cosas para sentir esas emociones “adictivas”. Toda envidia va vinculada al querer tener esa emoción que quiero y no tengo, y que veo que el otro sí tiene.

ENVIDIAMOS EL ESTADO EMOCIONAL DEL OTRO. Creemos y pensamos que esto solo se da en personas o situaciones exitosas, pero igualmente el concepto de éxito ha sido tergiversado. Acaso, ¿no envidiaríamos el estado emocional de bienestar de una persona con pocos recursos? No hace falta tal extremo, personas que abandonan “su vida exitosa” para ser feliz, para lograr su bien estar emocional. Pongo un ejemplo: ¿cuántas veces nos hemos topado o hemos visto a gente de menos nivel adquisitivo que nosotros y hemos visto o nos han contado lo bien y feliz, tranquilos y en paz, que se sienten estando cómo están? Y acto seguido nos decimos “es que no hace falta tanto para ser feliz”. Nos consolamos con esa frase porque caemos en la cuenta del tonto que hacemos luchando desesperadamente por tener más para CONSEGUIR LO QUE OTROS CON MUCHO MENOS CONSIGUEN… ESA SENSACIÓN DE BIEN ESTAR.

Entonces, ahí vemos verdaderamente lo envidiosos que somos, no por querer tener las cosas materiales que tiene la otra persona, sino por lo bien que VEO y CREO que se siente y YO NO.
Porque me siento mal con mi vida, o me siento “pobre” en mi vida, cuando lo que se me da en mi vida me permite sentirme tan extraordinariamente bien como el que viaja en un yate. Pero eso NO LO CREEMOS, porque hemos sido programados para creer que eso no es así, y solo me sentiré bien si tengo lo que el otro. EDUCADOS EN LA ENVIDIA.

MI VIDA, LO QUE VIVO, MI EXPERIENCIA DE MÍ TIENE TODO EL POTENCIAL PARA HACERME SENTIR TODO LO QUE ME DICEN QUE PUEDO SENTIR CON AQUELLO QUE NO ESTÁ EN MI VIDA (y más). Es una idea que envenena y que crea una ilusión sobre cómo debe ser mi vida; y el veneno es “no estoy a gusto en mi vida” o “mi vida es una mierda”, y envidiamos sentirnos bien, ya sea como la persona más rica o como la más “pobre”.

Al fin y al cabo, la riqueza de la vida está en la experiencia y en lo que sentimos con esa experiencia, tengamos los que tengamos, estemos donde estemos. La pobreza como tal, tan solo existe en el espíritu. Si te sientes bien, si te sientes grande (riqueza), VA DA IGUAL TODO porque es lo que buscamos… estar bien y pleno emocionalmente.

David Padial Zamorano.

RECOMPENSA EMOCIONAL

Las personas no deben ser recompensas emocionales, deben ser aportaciones vitales; no podemos ser recompensas emocionales, tenemos que ser aportaciones vitales.

Cuando uno se relaciona con alguien, normalmente y casi siempre, espera recompensas emocionales: sentirme bien, querido, amado, sentirme único, aceptado, importante, para o hacia la otra persona… y eso nos lo da la otra persona con halagos, detalles, gestos… y la clásica expresión que se da o se dice es: “me haces tan feliz” o “soy tan feliz contigo”. RECOMPENSA EMOCIONAL. 
Yo estoy bien contigo siempre y cuando tú me des recompensas emocionales, pero cuando no hay recompensas emocionales por carácter, por cultura, por personalidad, por disposición… ya “la cosa está o va mal”, y buscamos esas recompensas en otros sitios o en otras cosas que me produzcan esas sensaciones.
El hecho de necesitar esas recompensas emocionales nace de la carencia de reforzar mi propia estima a mí mismo/a. Las recompensas emocionales refuerzan la estima de la otra persona que lucha contra sus miedo e inseguridades y que no es capaz de vencerlo o reforzarse a sí mismo/a. No digo que no se hagan este tipo de acciones (detalles, halagos, expresiones, gestos…) digo que no se puede depender ellas ni hacer dependiente a la otra persona de ellas porque es como incapacitar a alguien que puede andar que lo haga por su propio pie. Si a un niño que está aprendiendo a andar nunca le quitas el andador… lo harás dependiente del andador, el día que ese andador se rompa, necesitará de otro para andar y no será capaz de saber que puede hacerlo sin él.

En el momento que emprendemos una relación con el otro, sea del tipo que sea, en vez de obtener recompensas emocionales, si recibimos o damos un aporte vital todo se consolida mucho más fuerte, mucho más firme, con más confianza, con más profundidad; y todo fluye, ahí todo nace desde el amor.

¿Qué quiere decir aporte vital? Quiere decir que estamos contribuyendo con nuestra vida, con nuestro ser o forma de ser, a un crecimiento de la otra persona. Cuando uno crece a nivel personal, mental, espiritual… siente una gran satisfacción y plenitud, y eso se ha podido experimentar, eso se siente. Nos sentimos mejor, sentimos nuestro propio avance junto a esa persona, nos sentimos libre, sentimos la importancia sincera de esa persona en nuestra vida; no porque nos dé “cosas” sino porque hace que me supere y rompa muros.
Ese crecimiento en amor lo conseguimos unas veces por nosotros mismos, y otras gracias a la “ayuda de”, pero no porque nos haga feliz la otra persona, sino por la aportación de cómo esa persona hace que seamos mejores o nos superemos (muros, retos, bloqueos, etc.). La sensación de plenitud claro que repercute en la felicidad; felicidad que alcanzamos cuando vemos nuestro propio logro, nuestro propio crecimiento.

Entonces, un aporte vital consolida mucho mejor una relación que como lo hace las recompensas emocionales. Con las recompensas emocionales, las relaciones son más inestables, ya que en el momento en que no recibo esas recompensas la relación empieza a dificultarse porque “no obtengo lo que quiero” (recompensas) y lo busco en otro sitio, otra persona (lógico, uno busca lo que quiere obtener; si quiere manzanas, no espera a que el naranjo se las dé); y a veces, muchas veces sucede con dolor, porque las cosas van como no quiero, y cogemos la rabieta.

Cuando emprendemos una relación, sea del tipo que sea (padre, madre, hijo, hija, novio, novia, amigo, amiga, etc.), mantener esa relación a base de recompensas emocionales, BUSCÁNDOLAS O EXIGIÉNDOLAS, hará que las dos partes salgan dañadas porque siempre se buscará o se optará por aquella (relación) que me dé mayor recompensa emocional. Sin embargo, el aporte vital que podamos dar o recibir en una relación, solo lo voy a poder dar yo o recibir en exclusiva de esa persona. El que yo doy solo lo puedo dar yo porque soy único (mi forma de ser, de pensar, de actuar, etc.), y el que pueda recibir será también único porque esa persona es única.

Cuando una relación se rompe cuando se estaba dando un aporte vital, la ruptura se entiende, que ya no hay aporte que pueda hacer seguir creciendo la relación, que pueda hacer seguir creciendo personalmente y se llega de forma consciente… puede haber un dolor, claro que sí, pero es distinto, es un dolor de duelo pero llevadero porque se es más consciente de lo que ocurre, y no se dilata en el tiempo.

Hay que tomar conciencia de lo que sostiene mi relación con la otra persona, si las recompensas emocionales o los aportes vitales, pero aportes vitales mutuos, de lo contrario tampoco es sostenible esa relación. Eso también me hará saber más de mí, y de lo que puedo trabajar en mi persona para con los demás y para conmigo.

David Padial Zamorano.

LA SINCERIDAD DE LA VERDAD

¿Cuántas veces hemos hablado sobre la sinceridad? Pedimos sinceridad, pedimos que se nos cuente la verdad… PERO NO ESTAMOS PREPARADOS PARA RECIBIRLA NI PARA DARLA.

La verdad duele, y la evitamos más de lo que creemos en el día a día, en cada encuentro con el otro, en cada decisión que tomamos, en muchas de las frases que, cotidianamente, decimos cada día.
¿Por qué cuando se nos dice la verdad duele tanto? Y sentimos rabia, ira, rechazo… La verdad es un acto que evitamos hacer por miedo a lo que nos hace. La verdad nos hace es tomar conciencia de la realidad en la que me encuentro, que no es la misma que vivo, ni la misma que puedo vivir.
Muchas personas presumen de ser sinceras, pero no hay que confundirlo con ataques hacia la persona, crítica o juicios de valor. Eso no es ser sincero, eso es proyectar el mal estar que sentimos sobre el otro para hacerle sentir el dolor y el sufrimiento que llevamos. Y se cree que eso es ser sincero. NO LO ES.

Para ser sincero, primero hay que ver si podemos ser sinceros con uno mismo. Si somos capaces de reconocer y aceptar nuestras luces y nuestras sombras. Reconocer nuestro error pese a la posición que podamos quedar frente al otro o lo que puedan pensar sobre mi persona. Sinceridad para expresar lo que siento sin miedo; porque es más complicado expresar sentimientos bonitos o positivos (temiendo a qué se va a pensar o creyendo que no estaría bien decirlo) que los feos o negativos, porque los sentimientos negativos llevan asociados normalmente una indiferencia por lo que puedan pensar de mí.

LA VERDAD ROMPE MIS EXPECTATIVAS SOBRE ALGO, unas expectativas que he creado en base a una idea de bien estar que pretendo lograr sin saber bien cómo, o solo alimentando la creencia falsa de que algún día lo lograré tan solo pensándolo… Y cuando mis expectativas se rompen, DUELE. Duele porque mi idea de bien estar DESAPARECE.

LA VERDAD ROMPE MIS AUTOENGAÑOS, realidades que creamos en nuestra mente con fe de hierro, creyendo en esa realidad que no existe y excusándola con mentiras cuando no vemos concordancia; para protegernos de ese dolor que no queremos afrontar, de ese dolor del que huimos, de ese dolor que nos supera y no podemos abordarlo. Autoengaños que llegan a dominar nuestra vida, viviendo literalmente en un cuento, donde la felicidad es pensada y no sentida. La verdad es capaz de romper el autoengaño sobre una realidad que pretendemos vivir para evitar ese dolor al aceptar la realidad que nos muestra la verdad; al que tenemos que hacer frente y tomar el equilibrio de mi ser, para equilibrar ese dolor desproporcionado que siento, y cuando lo rompe… DUELE. Duele porque nuestra protección se ha visto vulnerada, y el dolor se hace presente de lleno, y nos inunda; DUELE tomar conciencia de donde estoy cuando no me gusta estar donde estoy, o quiero estar en otro lugar en donde no veo que esté.

LA VERDAD ROMPE MI APEGO-DEMANDA, cuando andamos deseosos del reconocimiento ajeno, del halago de otros, de los gestos de “amor”…  deseosos de ser importante en la vida del otro, lo más importante para el otro… cuando demandamos esa atención y esos gestos que recriminamos cuando no los recibimos, que nos molestamos cuando no son para nosotros, DUELE. La verdad rompe esa demanda que exijo, y DUELE saber que lo que pido es fruto de mi carencia y egoísmo, y que yo no debo ni tengo que ser centro de nada ni de nadie, y que el único centro de quién debo ser es de mí mismo, duele saber que lo que pido y exijo no soy capaz de dármelo a mí mismo.

LA VERDAD MUESTRA MI MIEDO, tantas máscaras que usamos para SIMULAR la vida que quiero, para SIMULAR la persona que quiero ser frente a otros, para SIMULAR que todo está correcto dentro de mí, para SIMULAR… Miedo a ver lo que no me gusta de mí ni de mi realidad; miedo a tener que reconocer y sentir mi oscuridad y lidiar con ella; miedo a tener que ser honesto y romper la imagen que tengo de mí, la imagen que he creado de mí que he creído de mí; miedo a no poder cambiar lo que no me gusta porque crea que es así y no hay más posibilidades… DUELE. Cuando la verdad de lo que ES, muestra lo que tengo que tratar para tener la plenitud de vivir, DUELE. La verdad de tomar conciencia de TODO el miedo que tengo a no tener poder para elegir, DUELE.

La verdad muestra la realidad de la que nos ocupamos de estar cegados porque es más cómodo, aunque guste menos, pero acostumbrados a ese nivel de disgusto… Tenemos siempre activada la capacidad de aguante emocional, modo protección, para no buscar lo mejor que podemos encontrar por miedo a encontrar cosas que… para que la “VERDAD” no nos corte con su filo porque es un dolor tan intenso debido a su pureza… DUELE. La verdad duele, sea porque nos digan las cosas claras (que no sean críticas destructivas ni juicios ni acusaciones), porque nos demos cuenta o porque no nos quede otra que reconocerla en determinadas situaciones… Y el sobrevivir anclado o sosteniéndonos en todas esas cosas: en las expectativas, en mis autoengaños, en ser importante para otros y, en las máscaras y los velos que tapan mis miedos… nos roba la vida que merecemos, y cuando la verdad sobre ello llega, DUELE.

TANTO MIEDO A ESE DOLOR DE LA VERDAD QUE PREFERIMOS NO VERLA, NO SABERLA, HACERNOS EL CIEGO, INCLUSO NO DECIRLA… Y VIVIR EN ESE PUNTO POR LA ETERNIDAD, CUANDO EL PODER PARA CAMBIAR ESO RESIDE EN TOMAR CONCIENCIA DE TODO ELLO Y ACTUAR SOBRE ELLO.

HABLAR O DECIR LAS COSAS CLARAS NO CREA CONFLICTOS O PELEAS, LA ACTITUD Y LA INTENCIÓN CON LA QUE SE HABLA ES LA CREADORA DEL CONFLICTO O LA PELEA.

Ahora, la cuestión es lo que provoca la verdad sobre mí, sobre el yo que hay construido en el AHORA. El yo de AHORA no tiene fecha de término y siempre está en construcción, desde el interior.

David Padial Zamorano. 

 

…A VOLVER A ENAMORASE

Si nos centramos en el miedo a volver a enamorarse, concretamos el hecho del enamoramiento y por qué bloqueo el enamoramiento. Ese miedo que subyace al bloqueo a enamorarme es lo que me va a dar la clave para saber. El bloqueo no se hace de forma consciente, la forma en cómo interpreté lo que viví es lo que hace que ese miedo subyacente vibre y haga bloquear el querer enamorarme otra vez. Y es lo mismo para una relación donde:

1. Me ha dejado mi pareja por otra,

2. He dejado a mi pareja porque lo estaba pasando mal en mi relación.

(1) Cuando he tenido una relación feliz porque así lo he sentido o interpretado, cuando acaba esa relación y sufro mucho porque ha acabado y yo no quería, surge el miedo a sufrir de esa manera. MIEDO A QUE ME DESTROCEN EL CORAZÓN, miedo a enamorarme por temor a que pase eso de nuevo, pero eso es lo que creo. Me agarro a mi creencia de que me van a destrozar el corazón cuando lo entrego todo por mi pareja que pensamos que la acción de la otra persona (cuando nos deja, nos rechaza o se va con otra) es porque no valemos una mierda, y NO ES CIERTO, es la interpretación que hago, ES LA INTERPRETACIÓN QUE HAGO DE MÍ. No es que valgamos menos, es que EL OTRO TIENE LA LIBERTAD DE DECIDIR con quién y cuándo vivir y experimentar su vida (igual que tú/yo la tuya/mía).
Cuando me apego a los recuerdos que recuerdo como buenos e irrepetibles con mi pareja (que lo son) y creo que no va a volver a pasar de nuevo… también sacude mi miedo, y bloquea el que yo quiera volver a enamorarme de una persona que pueda ofrecerme una relación porque ese lugar para experimentar lo estoy ocupando con mis recuerdos apegados y con el dolor de lo que fue.

(2) Si se ha tenido una relación donde se ha pasado mal con la pareja… lo primero es tener claro que todas las parejas no son iguales, y cada una dará lugar a una experiencia distinta con un yo diferente. Como cuando comes pipas y comes una que está muy amarga y te deja mal sabor de boca, no por eso dejas de comer pipas si es que te sigue apeteciendo comer pipas, y sigues comiendo pipas porque sabes que no todas serán como la amarga que comiste.
Si yo lo he pasado mal porque considero o interpreto que me ha traicionado al irse con otra persona porque así lo decidió mi pareja… ¡ese es el miedo!, EL MIEDO A SENTIRME QUE NO ESTOY A LA ALTURA PARA QUE MI PAREJA SE QUEDE CONMIGO PARA SIEMPRE, esa interpretación es la que hace que yo tema a volver a enamorarme.

 

Hay que ser consciente de que cada persona es libre y tiene todo el derecho a decidir con quién y cuándo ser feliz. El amor es libre y no debe confundirse con posesión. LA ESTABILIDAD NO RADICA EN LA PERMANENCIA, SINO EN EL EQUILIBRIO. Nos centramos mucho en que cuando logramos algo, que eso que he logrado sea duradero, para siempre; puede serlo, pero igual que hay muchas posibilidades de realidad (como expliqué en un post en Facebook) hay que PENSAR Y ASUMIR que no tiene que ser para siempre; y NO ES MALO, hay que aceptar la posibilidad de que ese bienestar que sentí, esa felicidad que sentí, pueda darse de otra manera, con otra persona o haciendo otra cosa, y no siempre con la misma persona (a parte que la felicidad no es ajena a uno mismo).

Es algo tan sencillo como decidir qué tipo de relación quiero sin exigir a la otra persona, cada uno debe elegir la relación que quiere tener, y para tener la relación que quiero tener con alguien, ese alguien debe coincidir en ese pensamiento conmigo. Si no coincide no pasa nada, puede darse que:
ocurra una “serendipia”, que encontremos algo mejor que lo que buscábamos; o que la otra persona coincida con mi pensamiento de lo que quiero; o que la otra persona no coincida conmigo, PERO su pensamiento de pareja me guste mucho.

NO PODEMOS OBLIGAR A OTRA PERSONA A QUE VIVA la relación de pareja que nos gustaría vivir o nos guste vivir. No podemos calzar un zapato que nos gusta a la persona que nos gusta si la horma del zapato no le va bien esa persona.

Cuando todos estos aspectos, que activan el miedo a… enamorarse, bloqueamos el poder enamorarnos para que eso no ocurra de nuevo y evitar sufrir por ello, ese miedo a sentir eso que no quiero sentir. Hay que entender y tomar conciencia de que eso que he vivido ha sido bueno, pero que es algo que conscientemente no quiero, y QUE NO TIENE POR QUÉ REPETIRSE SI YO TOMO CONCIENCIA DEL AMOR VERDADERO que se pueda dar entre dos personas.

Podemos enamorarnos de otra persona, solo hay que tener paciencia, solo hay que pasar nuestro duelo, solamente hay que tomar conciencia y solo hay que liberarse del miedo a experimentar. Claro que podemos enamorarnos de otra persona y ver, entender o sentir que estamos teniendo una relación que no nos gusta, pero ya lo sé, ya sé cómo sería eso, lo conozco y sabré que voy a reaccionar de determinada manera; esa conciencia y ese saber me permitirá reaccionar antes sin estar cegado para actuar de forma que no sufra.

 TENGO QUE PERMITIRME VIVIRLO, y no pensar lo que puedo vivir, lo que no quiero vivir, lo que quisiera vivir…

David Padial Zamorano.

 

EL MIEDO A…

El miedo es esa emoción que subyace a todo aquello que nos hace sentirnos mal. Da igual con qué vestido se disfrace: ira, rabia, vergüenza, dolor, indiferencia, silencio… Esto no quiere decir que siempre que estemos mal haya miedo de fondo. Podemos sentirnos mal, y no haber un miedo de fondo. Pero para esto hace falta una mente educada en la conciencia del miedo para vivirlo de esa forma. No es malo tener miedo, lo bueno de experimentar el miedo es conocerlo, conocer lo que hace, qué provoca en mí, qué hace que yo haga, conocer cómo me aprisiona y cuáles son mis posibilidades para crecer cambiando ese miedo. El miedo es una emoción que domina. Cuando se habla de miedo, lo primero que asalta a la mente es esa escena de pánico, terror, bloqueo, parálisis, daño, muerte… pero esa es la cara bestia del miedo. El miedo es una emoción que domina, domina mis acciones, mi mente, mi cuerpo. Domina mis acciones provocando parálisis, bloqueos, huida. Domina mi mente evitando que piense, evitando que tome conciencia de lo que puedo hacer, haciéndome perder la calma y la determinación, cambiándola por “no hagas”, “olvídalo”, “no tienes posibilidad”, “¡corre!”, “¡calla!”. Domina el cuerpo haciendo que reaccione de forma que no pueda lograr lo que quiero.

El miedo es uno, es único, pero hay muchos vestidos para él, MUCHAS MÁSCARAS CON LAS QUE DISFRAZARLO y así NO ENFRENTARLO directamente para evitar ver mi deseo de ser distinto a como me veo, para evitar experimentarlo plenamente porque no nos gusta, y eso provoca dos cosas:
1. Que no tome conciencia del miedo, por lo que no podré decidir conscientemente qué hacer frente a esa situación que me bloquea o en la que me siento paralizado (que me da miedo y/o no me gusta).

2. Que no vea las posibilidades que tengo de hacer desde la libertad, al tomar conciencia de mi miedo.

Vivimos esa situación negando el miedo a vivir esa situación, y generamos un mal estar constante en nosotros. Entonces, para identificar que tengo miedo a algo, hay que ir a lo más profundo de esa sensación (emoción), para averiguar qué es lo que provoca que yo sienta lo que siento que no me gusta y, desde esa conciencia, decidir qué hacer. Obviamente, puedo permitirme conscientemente el seguir sintiendo miedo, no es malo; y conscientemente puedo decidir no hacer algo porque tengo miedo, pero ahí la cosa es muy distinta porque lo decido desde la libertad de mi consciencia, porque sé qué es.  Cuando tenemos miedo, hacemos de forma inconsciente o sin que yo quiera hacer, y luego pongo excusas o trabas o bloqueos porque no sé qué hacer ni tampoco sé de dónde pueda venir eso que no me deja hacer o ser.

Todos tenemos miedos, son motivados por distintas cosas, y dado esto no se podría abarcar todos los casos. Si uno tiene miedo a algo o actúa con rechazo sobre algo, seguramente debajo de eso hay un miedo que no quiere ver y es lo que domina esa actitud de rechazo usando lo que sea: ira, vergüenza, aislamiento, silencio… y que sabemos que es así porque está generando un mal estar.

Si nos centramos en el MIEDO A VOLVER A ENAMORASE, concretamos el hecho del enamoramiento y por qué bloqueo el enamoramiento… (continuará)

David Padial Zamorano

DEPENDENCIA EMOCIONAL

La dependencia emocional es algo que se puede sentir o tener sea cual sea nuestra estima. Hablamos de la estima o la autoestima en la entrada pasada. La dependencia emocional no requiere siempre que se tenga una autoestima baja, también puede aparecer en personas con autoestima alta, es menos habitual y con condiciones concretas o puntuales, pero también ellas la pueden tener.

La dependencia emocional se basa en una recompensa a modo de estímulo “engañoso” que recibimos o que creemos recibir. Funciona igual que una adicción por algo, como el alcohol o drogas o algún tipo de comida o bebida, pero en este caso es adicción a la persona. Es algo adictivo porque vamos buscando las sensaciones de “bienestar” y éxtasis (en algunos casos) que produce en nosotros.
Al igual que cuando una persona depende de otra (físicamente) para hacer cosas y sabemos que eso hace que la persona dependiente no tenga vida por sí misma, que no sepa decidir… y sabemos que la dependencia de sustancias (legales, ilegales, o “inofensivas”) puede derivar en un deterioro de nosotros mismos a nivel mental y físico… la dependencia emocional también causa un deterioro.

Nos hacemos dependientes emocionales cuando mi bienestar depende del que esté con una persona. Podemos estar con una persona, da igual el tipo de relación que sea, y solo estar bien cuando estamos con ella. Eso hace que la busquemos todo el tiempo, hace que le demandemos que esté conmigo cada instante porque la emoción que siento me gusta tanto, que quiero más; y toma el punto dónde se invade el espacio de la otra persona de forma continuada, y nos convierte en alguien tóxico para ella, aunque seamos un encanto de persona. En otros casos, no hay demanda constante lo que no nos convierte en persona tóxica, pero «morimos» casi literalmente si no estamos con ella. Por esto es importante, muy importante, conocer y experimentar la soledad, para evitar hacernos dependiente emocionales. Esto no quiere decir que si nos sentimos bien, muy bien, con una persona no la busquemos; quiere decir que debemos ser capaces de estar bien con o sin ella, y si estamos bien solos, el hecho de estar bien con alguien hará que sepamos respetar ese espacio que todos necesitamos y usar la moderación y comprensión en la relación.

A veces no nos damos cuenta de esa dependencia emocional, y CREEMOS QUE SIN LA OTRA PERSONA NO PODEMOS VIVIR, que todo no sirve para nada, que la vida no tiene sentido… No es cierto. PENSAMOS QUE ESO ES AMOR… Y NO ES CIERTO. Aceptamos que eso es porque nos importa muchísimo… y no es cierto. Necesitamos sentir ese bienestar porque no somos capaces de alcanzarlo por nosotros mismos, y la mente solo dirige la atención hacia ese punto de donde recibimos ese bienestar, esa “RECOMPENSA”.
Claro que es muy bueno estar y buscar la compañía y el apoyo de esas personas con las que nos encontramos muy bien y en paz, la diferencia es la forma de percibirlo, de hacerlo y de decidirlo.

Cuando la persona por la que recibimos “las recompensas emocionales” se va de nuestro lado, nos sentimos muy mal porque se acabó mi recompensa emocional, NO ES porque “la quería mucho y ya no está”.

Automáticamente creemos que solo podemos estar bien por “aquello” que me daba esa persona, sin parar a pensar qué era, parando sólo en el estímulo que producía en mí, PARANDO SOLO EN ESA RECOMPENSA QUE QUIERO PARA YO SENTIRME BIEN. Esto puede tornarse en una obsesión, ese es el perjuicio si se nos va de las manos y perdemos el equilibrio, hasta tal punto que no nos importe lo que nos pase a nosotros con tal de recuperar “esas emociones” que tan bien nos hacían sentir.

En otra entrada anterior hablé sobre la interacción que tiene el cerebro (mente) con el corazón (sentimientos-emociones) y cómo uno puede repercutir y “engañar” al otro. La cuestión está en tomar conciencia de mis pensamientos y de lo que siento, de dónde viene eso que creo que me pasa y siento, y si eso depende de mí o no. EL TOMAR CONCIENCIA DE QUE LO QUE ME PASA DEPENDE DE MÍ Y EL VER CON CLARIDAD ESO, ME PERMITIRÁ ACTUAR PARA ALCANZAR AQUELLO QUE DECIDO QUERER ALCANZAR, Y NO RESPONSABILIZAR A NADIE DE MI BIENESTAR EMOCIONAL. Es difícil verlo por uno mismo, pero no es imposible, porque hay personas que, gracias a ese proceso, pueden hablar de ello y ayudan a ver ese punto en el que se encuentra otra persona porque son PERSPECTIVAS DIFERENTES, QUE ES LO QUE NECESITAMOS MUCHAS VECES PARA SEGUIR CAMINANDO, PARA SABER HACIA DÓNDE CAMINAR.
Cada caso es muy particular y se hace complicado hablarlo de forma general.

Muchas veces también inventamos lo que sentimos, como cuando uno cree que un objeto le dará suerte. Nos hacemos creer que una persona nos produce un bienestar cuando no es así, sino que el que nos produce el bienestar es yo a mí mismo, creyendo que es la otra persona quien lo hace en mí; y se alimenta esa idea continuamente de forma inconsciente, que cuando esa persona parte de nuestro lado… el mal estar es grandísimo, pero porque así lo creemos; igual que cuando perdemos ese objeto que nos trae suerte se pierde y comenzamos a pensar que vendrán muchas desgracias… y llegan, pero porque así lo hemos decidido “inconscientemente”.

Esta dependencia emocional ocurre porque SOMOS NOSOTROS MISMOS QUIÉN NOS RECHAZAMOS A NOSOTROS MISMOS, y la validez y la aprobación de nosotros mismos solo la vemos posible a través de la otra persona.

Los momentos o situaciones de dependencia emocional son curiosos. Y, como dije, afecta tanto a personas con estima baja como con estima alta. Por ejemplo:
-Podemos ver a un líder, que dirige de forma genial un equipo de trabajo. Podeos pensar que un líder no tendrá dependencia emocional, pero… ¿qué ocurre si ese líder se queda sin personas a las que dirigir? Puede ser que ese líder entre en un estado de angustia y necesidad por dirigir, alguien que no sabe dirigir su vida dirige la de los demás porque así se cree que su vida está bien, porque piensa que se demuestra a sí mismo que sabe dirigir su vida… y no es cierto. Y necesita de gente continuamente a la que dirigir.

-Un madre que “ama” con locura a su niño, le dice cómo hacer y le procura todo tipo de comodidad por encima de su salud. Ella cree y asume que el bienestar de su hijo es su bienestar, solo importa eso. Pero en realidad, lo que proyecta sobre el hijo es ese bienestar que no es capaz de darse a sí misma, y emocionalmente depende de tener a su hijo cerca para darse esa “recompensa” de atención y cuidado que no sabe darse. Depende de su hijo para estar bien. Los padres deben ser guías para sus hijos, no “dictadores”.

-Una persona que vive “enamorada” de su pareja, pero sin su pareja se siente nada. No vive enamorada, vive dependiente de. Todo aquello que quiere para no estar sola, todo aquello que quiere que le hace sentir bien “sin estar” sola es el enganche que hace creer que está enamorada. Y parece que solo con esa persona puede estar bien sin haberse conocido, porque con ella misma no está bien. Una pareja “funciona” porque cada parte es capaz de funcionar por separado.

Podemos poner infinidad de ejemplos, por eso cada caso es muy particular para ver esa dependencia emocional. La cuestión es tomar conciencia de lo que percibo, y desde ahí elegir qué hacer: sigo acogiendo esa dependencia (porque me gusta cómo me siento) o cambiarlo y comenzar a verlo de forma imparcial hasta que desaparezca; porque UNA VEZ TOMADA CONCIENCIA DE LAS COSAS, TOMAMOS EL PODER DE ELECCIÓN SOBRE AQUELLO QUE TENÍA PODER SOBRE MÍ, Y ES AHÍ CUANDO SOY LIBRE PARA ELEGIR CÓMO QUIERO VIVIRLO.

David Padial Zamorano.

 

COMENZAR A QUERERSE

La autoestima, la estimación de uno mismo…  el aprecio o consideración que uno tiene de sí mismo. Hay muchos puntos que “estudian” este aspecto del ser humano; sin embargo, la gran cuestión se ancla en el “AMARSE A UNO MISMO”. La respuesta está al conocer el AMOR verdadero; es un punto que está muy alto en la evolución, pero accesible, y por lo que todo tiene su sentido. La cuestión de hoy no es el AMOR, dejaremos ese momento para otra ocasión, y centrémonos en algún peldaño más abajo, el QUERERSE A UNO MISMO, la autoestima.

Todos tenemos una imagen mental de quiénes somos, qué impresión damos, en qué somos buenos, nuestros defectos y nuestras virtudes… Nos formamos esa imagen a lo largo del tiempo, desde muy pequeños. Nos centramos demasiado en esa imagen que “inventamos”, sobre todo para ser ACEPTADOS en la sociedad a la que pertenecemos o en la que vivimos o en la que queremos estar. Los fragmentos de esa imagen que vamos formando las tomamos de características y aspectos concretos que vemos en momentos concretos, y creemos que eso que queremos llegar a “tener” o “incorporar” en mí mismo me hará mejor; pero ese “mejor” es un “mejor que el otro”…

De esta forma, nuestra mente comienza a reclamar aspectos que se ven externos a uno mismo, que los vemos en otros, y vemos que es lo perfecto, lo ideal o “lo aceptado”. Esa demanda se arraiga en el corazón, y de forma recurrente apela al DESPRECIO (cuando brota la rabia por sentir o ser como somos), al RECHAZO (cuando negamos el potencial que tenemos para ocuparnos de una situación), al AUTO-CASTIGO (cuando nos condenamos por actuar de determinada manera o nos vemos en una situación dónde nos sentimos vulnerados), a la AUTODESTRUCCIÓN (cuando nos creemos merecedores de todo lo malo), a la DESVALORIZACIÓN (cuando perdemos el respeto hacia nosotros mismo y la importancia de nuestras decisiones).

Esa imagen que vamos construyendo de retazos de lo que “CREEMOS” ideal o “perfecto”, da igual si la hacemos nosotros o nos la inculcan, provoca un choque emocional grandísimo entre LO QUE SOY y LO QUE DEBO SER.

LO QUE DEBO SER no deja de ser una invención ajena a la propia existencia, y por lógica universal SOY LO QUE VIVO, y esa experiencia hay que asumirla para tener el equilibrio en el QUERERME A SÍ MISMO. No puedo quererme a mí mismo, si lo que busco es querer las cosas del otro en mí. Si no me paro a ver quién soy, y a querer TODO de mí.

Comenzar a QUERERSE a uno mismo, empieza por la honestidad, honestidad de reconocer todos aquellos aspectos que ME GUSTAN y NO ME GUSTAN de mí, sobre todo los que NO ME GUSTA, porque los que me gustan son fácilmente reconocibles. Cuando la honestidad y la sinceridad TOTAL actúan, subimos un peldaño más hacia la aceptación. Abrazar todo eso “nuestro”, agradable y desagradable, ignorando el juicio (porque solo tiene el poder que se le otorgue) y asumiendo lo que es, LO QUE SE ES. Lo que tú sientes, lo sienten otros; algunos tienen la valentía de reconocerlo, otros no. Y aquellos que sienten distinto, no tendrán necesidad de COMPARARTE o JUZGARTE.

Creemos que la imagen mental que nos hacemos o que nos hacen, QUE ACEPTAMOS, es mucho mejor que lo que soy realmente, pero cómo puedo aceptar y creer eso si no soy capaz de conocerme a mí mismo, si no estoy en paz conmigo mismo. Es como construir una casa sobre un terreno de arenas movedizas.

Si hemos tomado conciencia de que necesitamos, de que tengo que QUERERME A MÍ MISMO más, tenemos que dejar de mirar fuera y comenzar a mirar hacia adentro, olvidar lo que nos dicen que somos y lo que tenemos que ser… y caminar en el auto-conocimiento.

– HONESTIDAD y SINCERIDAD plena.
– RECONOCIMIENTO Y ACEPTACIÓN sin juicios DE NUESTRO SER, sin luchas, sin resignación.
– ABRAZAR TODO NUESTRO SER, luz y oscuridad.
– NO TENER MIEDO DE MOSTRARSE, sin perder la prudencia.
– RESPETO POR EL SER QUE SOY, y no venderme.
– TOMAR CONCIENCIA DE LA PAZ CON UNO MISMO POR SER así.

¿Quieres quererte a ti mismo? Párate, mira dentro de ti. Sé honesto y sincero. Di a ti mismo lo que ves y acéptalo, sin miedo, sin juicio. Abandona la resignación y abraza todo eso que eres, quiérelo, compréndelo, es así y puede evolucionar. No temas a mostrar lo que eres, quién eres, porque ahí estará tu fortaleza; se prudente. Recuerda siempre el respeto, respeto hacia ti y hacia el otro; el “venderte” o el “perjudicarte” hará que pierdas el respeto.

Es un camino duro, y difícil al principio siempre que se aprenda, todo aparenta ser complicado en los inicios. Lo importante es recordar que puedes, que tienes la capacidad suficiente para vivir tu vida de forma plena y agradable. Y su recompensa no tiene igual.

David Padial Z.